miércoles, 24 de marzo de 2010

Mózes en el centro de acogida del Puerto de los Cristianos

Los rumores llegan de África. 24-3-10


Capitulo XIII


Mózes en el centro de acogida del Puerto de los Cristianos


Llegó con hipotermia, desfallecido de hambre y hundido en la desesperación. Con él, otras personas iniciaron la travesía en un cayuco bordeando la costa Mauritana, después, a la altura de Las Canarias, acometieron alta mar de frente para embestir las olas sin ser tumbados. Eran más de treinta personas las que llegaron en aquella embarcación, más de la mitad del pasaje había quedado en el camino arrancados por las olas. En el lugar de acogida pidió la ayuda de un traductor y fue al gobierno civil para solicitar asilo, el motivo, su vida corría peligro en África por el hecho de ser albino. La petición fue atendida y le concedieron la asistencia de inmediato. El día que llegó a Canarias era ventoso y frío pero para él fue el día de un nuevo renacer; estaba en tierra libre pero no regalaban nada. La prensa se interesó por el caso y dio a conocer su historia hasta que llegó a oídos del invovoz, entonces muy activo en los menesteres de la Ciudad del sol.


Mózes llevaba consigo el pequeño envoltorio, era su pasado grabado en un pergamino de piel blanca. Pensaba continuamente en el cometido de su viaje y en que debía hacer con los restos de su tío. Enterrarlo sería lo más apropiado, incluso le pasó por la cabeza que podía tener problemas si le descubrían, podían acusarle con cargos muy graves. A través de Internet el conocía la historia de Fénix o la ciudad del sol, se llegó a emocionar leyendo los salmos, conocía el testamento del sol y también, la historia de Ció. El recordar el duelo de las jácaras había sido un consuelo en los momentos más dolorosos de su travesía, las cantaba cuando el mar azotaba el cayuco como una hoja de eucalipto y veía con amargura e impotencia como algunos de sus compañeros de viaje caían al mar y se perdían para siempre. Mientras escuchaba las antífonas sentía el canto enamorado de la vida, un rumor leve que traían las olas en forma de animal embravecido.


En su niñez, más de una vez había jugado a desaparecer entre los rayos de luz. El también era un ser luminoso que quisiera desaparecer en los mantos de la aurora. Cuando leyó el relato sobre el nacimiento de Ció lo entendió al instante, la decisión que había tomado en el momento de entrar en la vida era comprensible.


–¡Vivir está muy bien, pero no a cualquier precio!–


Se le escapó de la boca…


De Ció leyó con avidez todos sus versos, los grabó en la memoria como algo propio, como algo que también le había sucedido a él antes de nacer. Aunque no sabía casi nada del lugar donde se encontraba La ciudad del sol, ni tampoco de la existencia de El pozo del dolor, se aventuró a venir hasta España para encontrarla. Quizá llegó a Tarragona en un día no preciso. Se acercó a la Comella y me entregó el envoltorio; ¡ahora lo pienso!


Tras unas palabras de agradecimiento y presentación escueta me dijo.


–¡Tome, usted sabrá que hacer con el dolor !–


Esto último creo que no sucedió así exactamente, pero la verdad es que el envoltorio apareció ante mi el día de S. José. Lo encontré encima de Alcor, era un día de cielo despejado con brumas en el horizonte. Uno de esos días que puedo jugar con el sol como si fuera la manzana de oro. Fue una sorpresa esperada, sabía que alguna cosa extraordinaria tenía que pasarme posterior al día anunciado; 13 de febrero del 2010…


No fue nada fácil, realmente era una reliquia, la prueba evidente del sufrimiento humano. La tomé como algo sagrado, la sumergí en cera líquida varias veces hasta que quedó protegida por una cápsula herméticamente cerrada. La até a una cuerda de algodón de doscientos metros. La introduje en la boca de hierro que inicia los cuatro primeros metros del pozo, así, poco a poco, la llevé hasta el fondo… Ciento ochenta metros de profundidad, cincuenta metros más abajo que el nivel del mar, un lugar para escuchar permanentemente el aliento de la eternidad